jueves, julio 17, 2008

AGOTADOS LOS 100 DÍAS DE GRACIA.

Por si algunos de ustedes aún no lo saben, pese a que paradójicamente el propio Gobierno se ha encargado de airearlo a los cuatro vientos, no sé si por chulería o ingenuidad, ya les digo yo que han transcurrido los tradicionales 100 días de gracia que cortesmente se conceden a todos los Gobiernos. Ahora se ha abierto la veda y podemos desde este momento salir a la caza de Ministros, Vicepresidenta y Presidente del Gobierno, para arrojarles con saña nuestras aceradas críticas. Y aunque no soy ni el primero ni el único, me veo en la obligación de aportar mi granito de arena a la montaña de críticas que sin duda le va a caer al gobierno socialista.

El ministro de Economía (y Hacienda?), D. Pedro Solbes, habla en este momento de “crisis” y esto parece haber alegrado a milenaristas y apologetas del Apocalipsis en general. Y aunque Pedro Jota y correligionarios, humillados por la sentencia del 11M, no han perdido un segundo en acusar al ministro y sobretodo a ZP de mentiroso compulsivo, lo cierto es que ni ellos están en posesión de la verdad absoluta – aunque lo pretendan – ni por supuesto nadie había sido capaz de predecir la crisis ni de anunciarla a bombo y platillo con un mínimo de solvencia científica. Enfangados pues en esta crisis, temida por algunos y anhelada por otros, y debiendo asumir que la opción “esperar a que todo pase” no es aceptable, todavía el señor Solbes no nos ha informado de qué va a hacer, o pretende hacer, el Gobierno para superar la citada crisis.

La impresión inicial de un Gobierno inerte, abandonado a su suerte y zarandeado por la coyuntura, como otoñal hoja seca por la brisa, se ha tornado en probabilidad camino a la certeza. Es verdad que la crisis es estructural y de carácter global, esto es, no se trata de una crisis específicamente española, ni relacionada con las particularidades españolas, sino que estamos ante una crisis específica del capitalismo, caracterizada por la interrelación dinámica de todos los ámbitos político-económicos del sistema; cabe señalar que la crisis afecta a todo el mundo, incluidos los países no capitalistas, como China o Cuba, porque ni siquiera las economías comunistas pueden aspirar a considerarse autárquicas. Es verdad, también, que el margen de actuación que tiene el Gobierno de España es limitado y está condicionado por las instituciones económicas europeas y mundiales, ya que el estado ha cedido sus competencias en gran parte de este terreno al BCE y al FMI. Y finalmente, no es menos cierto que el papel que juega el capital especulador es tan determinante como permeable a la influencia de los estados. Pero todo esto, siendo cierto, no obsta para que, de manera específica o colegiada con otros gobiernos occidentales, el Gobierno de España tome medidas, dentro de sus posibilidades, para al menos minimizar los efectos de la crisis económica en el ámbito español. Y nada de esto ha llegado a mis oídos, ni he leído que el señor ministro haya siquiera propuesto el obligado “paquete de medidas” – no el patético circo que montó D. Mariano Rajoy – para capear los efectos de la crisis como, por ejemplo, rebajar los impuestos indirectos e incrementar los directos.

Eso sí, hay que reconocer que la intención de mantener las políticas sociales y no reducir el gasto público, tal y como propone – como no podía ser de otra manera – la derecha neoliberal o neoconservadora, según se mire, son una esperanzadora luz que resplandece débilmente, titilando allá al final de un túnel que en todo caso es extremadamente largo y profundamente oscuro. En este túnel que se nos ha obligado a transitar la única guía que tenemos y a la que nos podemos agarrar, porque así lo hemos elegido democráticamente, porque en ello se han comprometido quienes ganaron las elecciones y porque es su obligación, es el Gobierno en general y el señor Solbes, como ministro de Economía (y Hacienda?) en particular. Por eso es necesario exigirles que cumplan con su obligación y a no más tardar se pongan manos a la obra para arreglar el desaguisado en la medida de sus posibilidades, porque de lo contrario luego vendrán los amigos del bigotudo señor del “pelazo” con las rebajas, y será peor. Advertidos están.

CREO EN DIOS

Desde hace muchos años mantengo la opinión de que existe una clara diferencia entre religión y magia, de tal manera que la primera es la convicción en la trascendencia del alma en tanto que la segunda es la creencia en el control de los sucesos extraordinarios. Jesucristo dejó dicho – o quienes escribieron la Biblia así lo atestiguan – que su negociado no era terrenal sino espiritual (Mi reino no es de este mundo), por lo que el tránsito obligado por este “Valle de Lágrimas” era competencia sobre todo del ser humano, que debía forjar su alma para realizar el otro traspaso obligatorio. Es en el ámbito de lo terrenal donde florece la magia y el ser humano sucumbe al chamanismo, abandonándose a las sensaciones intestinas y lo que es peor, confundiendo conceptos cuando menos antagónicos.

Como católico convicto y confeso creo en Dios, pero no mantengo vínculo alguno con cultos chamánicos ni prácticas esotéricas. Me indigna mucho ver cómo la jerarquía de la Iglesia Católica, más preocupada por conservar su estatus socio-económico que por la difusión del mensaje cristiano, tolera, consiente y alienta en muchos casos herejías incompatibles con nuestra fe. Por toda la geografía de la cristiandad se suceden, con la aquiescencia cuando no franca colaboración del Vaticano, prácticas heréticas que no sólo resultan incompatibles con el dogma católico sino que suponen “per se” una perversión de la religión que resulta a todas luces contraproducente incluso para estos adláteres del poder. Cuantas veces se me ha hinchado la vena al escuchar a personas más o menos equilibradas afirmar que la virgen de su pueblo es más milagrosa o tiene más importancia teológica que la del pueblo vecino y lo que es peor, llevar esta delirante argumentación al extremo de diferenciar varios “Cristos” en función de la localidad en la que se le rinde culto. Y no crean que el Vaticano ha intervenido para combatir la herejía sino que para colmo ha abundado en ella, institucionalizándola y dándole carta de legitimidad religiosa. Miren ustedes, los católicos – y las católicas – creemos en un solo Cristo, Jesús, hijo de una única madre – espiritualmente virginal –, María; y todo lo demás, con todos los respetos, es paganismo o herejía en el peor de los casos.

Las razones por las que la jerarquía católica no sólo consiente sino que tolera y alienta estos comportamientos clara y absolutamente heréticos son de orden político-económico ya que estoy convencido de que podemos establecer una relación proporcional inversa entre la fe católica y el escalafón jerárquico de la Iglesia, de tal manera que la primera decae a medida que el segundo medra. Y a medrar es a lo que dedica El Vaticano su principal activo, por lo que ningún esfuerzo aparente le cuesta al último monarca absoluto de Occidente socavar la fe católica con tal de mantener el poder. Como habíamos quedado que Dios se ocupa exclusivamente del tema espiritual y el ser humano del terrenal, en consecuencia hemos de librar de toda responsabilidad al primero y atribuírsela entera al segundo, circunstancia ésta que deja en muy mal lugar al ocupante del Trono de San Pedro, usufructuario accidental de las sandalias del pescador y profundamente descreído, como todos sus correligionarios.

miércoles, julio 16, 2008

DIATRIBA ESTIVAL INDUCIDA

"La imbecilidad nuestra de cada día, dánosle hoy"; parafraseo el “Padre Nuestro”, pero el antiguo, que yo soy ya talludito y no me he aprendido el nuevo, para denunciar de nuevo que es llegar el verano y apenas empieza a enfilarse el mercurio hacia los 30-40 grados centígrados asoman las narices los anormales de turno. Como la tontería es gratis hay quien se deja llevar por la avaricia, se la queda toda y encima se pavonea vanagloriándose de su profunda gilipollez, como si fuera meritorio haber acaparado tanta. El caso es que debería haberlo visto venir porque ya es un clásico y sólo aparece para soltar su perorata recalcitrante, pero es que soy un ingenuo. Este verano le ha dado por desempolvar el cofre de las esencias de la izquierda, que guardaba en el fondo de su lóbrega y oscura cueva. Y miren ustedes, es insoportable, porque como un tonto con una piruleta el anormal se ha endiosado y ahora va por el mundo repartiendo carnets de izquierdas y perdonando la vida a quienes no comulgan con sus ruedas de molino.

Que de repente al tonto de turno le de por ejercer como tal es irrelevante en términos absolutos, pero cuando a uno le cae la cruz de tener que soportarlo la cosa cambia. Encima dado que la tontería no tiene dueño está muy repartida y hay para todos de tal manera que parece contagiosa, hay más tontos que setas y brotan como aquellas entre la hojarasca del bosque estival de la urbe. No se sabe muy bien cómo ni porqué, pero lo cierto es que se cumple el paradigma de que “tonto llama a tonto” y lo que empieza siendo una molestia puntual y localizada pronto deviene fastidiosa epidemia. Al tonto original se añaden otros, igualmente enajenados y poseídos por el frenesí pseudo-religioso inherente al ministerio del ultraizquierdismo irredento, conformando un coro de voces desafinadas pero concordantes que martillean insistentemente la razón con su perorata esquizofrénica. Pero el asunto está inevitablemente condenado al fracaso porque el incesante empecinamiento en la apología del sectarismo ultraizquierdista en virtud del cual es inevitable concluir que nadie es de izquierdas porque nadie cumple con todos los requerimientos que establece la ortodoxia, lleva al absurdo de que el zote termina por autocuestionarse su adscripción ideológica y empieza a gimotear lastimeramente. Y entonces viene lo de la purga, porque lo estricto de la panoplia de requisitos que hay que cumplir obligatoriamente para ingresar en la secta hace del todo punto imposible su observancia, razón por la que se impone una limpieza ideológica, consistente sobre todo en la condena por traición al movimiento – como Franco en sus buenos tiempos – aplicada sañudamente a todo aquel que no se ajuste con milimétrica precisión a los requerimientos de acceso. Finalmente el andoba se queda solo y ya sólo se queda a sí mismo para evaluarse y claro no pasa el examen, lo que abunda en la tragedia personal, porque autoexpulsarse supone dejar huérfano al movimiento y sola a la secta.

Supongo que a la larga, víctima a partes iguales de su propia incongruencia y del desánimo inducido por la tozuda realidad, terminará por cerrar el cofre y volverá a esconderlo en su gruta insalubre, pero hasta que se produzca el feliz acontecimiento el pelmazo seguirá profundizando en su patología y yo seguiré incubando mi insano cabreo.

sábado, julio 12, 2008

UNA DE ZOMBIES

George A. Romero (La Noche de Los Muertos Vivientes, 1968) es el director fetiche de las películas de Zombies. Los zombies de Romero son muertos vivientes sin voluntad propia, dominados por una patológica ansia de comer carne humana. Los zombies de Jorge, además, cuando muerden a sus víctimas las convierten en enajenados de su misma especie, como ocurría con los vampiros. Es verdad que los zombies de Romero nada tienen que ver con los zombies reales, pero como recurso narrativo no han tenido parangón y le han dado pingües beneficios al “colega”. Tanto que la palabra “zombie” es aplicable a personas que no han abandonado el mundo de los vivos, pero que se comportan siguiendo unos parámetros conductuales similares a los que siguen estos seres de ficción. En Les Corts Valencianes hay “zombies” sentados en algunos escaños, siete en concreto. Son “zombies” porque pertenecen a partidos políticos que aunque circunstancial o coyunturalmente tienen representación parlamentaria en realidad están ya cadáveres y esperan la puntilla que les llegará en el 2011. Pero, mientras les llega el descabello definitivo, estos peculiares y tozudos zombies siguen paseándose, como si estuvieran vivos, por los pasillos y despachos de la Generalitat Valenciana, haciendo “picaetas” y otras ceremonias delirantes del estilo.

Otra cosa es cómo han llegado a convertirse en zombies, asunto que requiere de un abordaje analítico más pausado. Vayamos pues por faena. A zombie uno puede llegar por cuatro vías, a saber: 1.- porque un chamán (como se llame) del vudú te haga un hechizo y te convierta; 2.- porque te entre un virus transmitido por el aire, fruto de algún tremebundo experimento impulsado por alguna sociedad secreta al margen de la legalidad; 3.- porque otro zombie te muerda; y 4.- por una combinación de las otras tres, o sea, que algún zombie “fabricado” por un chamán vudú o contaminado por un virus zombificante, haya ido mordiendo a diestro y siniestro. La cuarta opción me parece la más razonable para explicar el fenómeno. Mi hipótesis es que hay dos zombies originales, cuya ontología me es desconocida y cuya etiología es cuando menos dudosa, pero que parecen ser el foco original de transmisión, son los dos diputados del Bloc. Yo creo que los dos zombies originales (Morera y Panyella) mordieron a una zombie de segunda generación (Marcos), que a su vez les dio un buen bocado a los otros cuatro. Convenientemente enajenados, los zombies de tercera generación (Torró, Albiol, Oltra y Mollá) se los han repartido a partes iguales, dos para cada uno, entre los dos zombies de primera generación y la zombie de segunda.

El Bloc nunca hubiera tenido representación parlamentaria de no haberle tomado el pelo a EUPV, organización política que, por otra parte, dirigida convenientemente por su lideresa, dña. Gloria, hacia la hecatombe definitiva, se ha precipitado en una espiral autodestructiva en la que el pacto suicida con el Bloc se configura como un hito fundamental. Otro hito significativo es la escisión de IdPV, cuyos integrantes aseguran que abandonaron EUPV debido a la imposibilidad de convivir con su dirección política, aunque en realidad tras este suceso se oculta una lucha por el poder; un poder orgánico, por supuesto. Sea como fuere, parece claro que el Bloc es el único partido que ha sacado cierta “tajada” de la zombificación de EUPV, que es, como aquel, un partido muerto que a la espera de que las urnas ratifiquen su estado deambula como los zombies de Romero, como pollos sin cabeza. Al final tanto EUPV, como el Bloc y, por supuesto IdPV, van a salir de Les Corts por falta de apoyo electoral, y lo saben, porque serán zombies pero no son tontos ni tontas, por lo que hasta que eso ocurra en el 2011 van a ir viendo la manera de sacarle todo el jugo al tiempo que les queda. Por el momento el Bloc, que como foco original de la infección aspira a controlar su prevalencia, ha conseguido el control de dos zombies de tercera generación y por lo tanto el del grupo parlamentario “Compromís”, con la intención de “chupar” sus recursos y hacerse con todas las subvenciones. Hay quien considera escandaloso que Bloc, EUPV e IdPV se estén peleando por “los dineros” de la Generalitat y no estén luchando por el “Compromís”, pero si lo analizaran fríamente verían que sólo pueden aspirar a lo primero, porque lo segundo tiene fecha de caducidad – si es que no ha caducado ya –, por lo que se han puesto manos a la obra, nunca mejor dicho, y por el momento les está saliendo redondo.

jueves, julio 10, 2008

HACIA UN ESTADO LAICO

No les ocultaré mi moderada decepción con el resultado que en materia de avance en la laicidad del estado arroja el último cónclave socialista, el famoso 37 Congreso Federal. El rechazo de la propuesta de Izquierda Socialista de proceder a revisar los acuerdos de 1979 con la Santa Sede y el timorato abordaje de la simbología religiosa institucional, con el anuncio del mantenimiento de los funerales de estado, ha sido un triste y pobre bagaje. Es verdad que del 37 Congreso salen reforzadas otras políticas sociales y socialistas, tan o más importantes que la necesaria profundización en la laicidad del estado, pero esto no acaba con mi frustración.

El consuelo para tontos que supone el enterarse de que uno no está sólo en sus cuitas sólo sirve en este caso para poner de manifiesto que no estoy defendiendo una utopía irrealizable en solitario, sino que más bien formo parte de un cierto clamor popular más o menos numeroso pero en todo caso relevante. Relevante sí, pero mayoritario no. Y en democracia, en esa democracia en que creo, lo mayoritario es preeminente y tratar de impulsar una idea, sea o no objetivamente legítima, contra la opinión de la mayoría sólo puede implementarse a través de la negociación y el diálogo, buscando convencer y no someter. Es tan perjudicial para mis – nuestros – intereses imponer por decreto una laicidad artificial contra el criterio mayoritario como caminar en la dirección contraria y volver a confundir poder temporal y espiritual. En este sentido conviene señalar que la diferencia entre los regímenes totalitarios y aquellos que definimos como democráticos radica en que en los primeros una elite política, económica y social ostenta el poder fundamentado en la posesión de la verdad absoluta, circunstancia que legitima al régimen para imponer su criterio a la masa; en los segundos, el estado está sujeto a la soberanía popular, es por tanto el pueblo quien legitima al gobierno y no al revés, por lo que la acción política está orientada a dar respuesta a las demandas de la ciudadanía.

En democracia, esta democracia que yo defiendo, la soberanía nacional radica en el pueblo, lo que supone que es éste, el pueblo, quien determina el camino a seguir y la velocidad en que se recorre. La ciudadanía española no está por la labor de una ruptura drástica con la Iglesia Católica y en todo caso parece que lo que se impone, contra mi criterio – y el de otras muchas personas – es una progresiva desligazón sin aspavientos. Eso es lo que parece indicar la paulatina pérdida de importancia que la religión experimenta en las sociedades occidentales, de tal manera que cada vez son menos quienes acuden regularmente a los oficios religiosos y el descenso en las vocaciones sacerdotales comienza a ser muy importante. En este sentido parece más o menos evidente que España, como el resto de las sociedades post-industriales euro-americanas, camina lenta pero inexorablemente hacia un estado laico y republicano, la lástima es que no estaré aquí cuando eso ocurra.

lunes, julio 07, 2008

UN NACIONALISMO DESQUICIADO.

Lo he dicho en reiteradas ocasiones, pero no me cuesta repetirlo una vez más: yo no he escuchado a “cau d’orella” (al oído) el suave rumor de las esencias patrias susurrando a la sombra de los naranjos la “grandeur” del País Valencià, ni del Regne de València, pero eso no obsta para que sienta un especial cariño por mi tierra y por mi gente. Es más, yo siempre he estado a favor del “derecho a la autodeterminación de los pueblos oprimidos” y lo que es peor, a favor de que los pueblos, estén o no oprimidos, sean autónomos para decidir libremente su futuro; y en concreto, estoy a favor de que el pueblo valenciano se autogobierne y decida libremente su futuro. En este sentido hay gente que también dice opinar de la misma manera, pero en realidad lo que desean es que el pueblo valenciano decida lo que ellos quieren y de la manera que ellos decidan. Se llaman, a sí mismos, nacionalistas valencianos, que es como decir que el pepino es una verdura.

El nacionalismo valenciano está representado, salvo error u omisión por mi parte – cosa no descartable del todo, dada mi precaria salud mental – por el Bloc Nacionalista Valencià, que se autodefine como “progresista”, yo creo que de manera un tanto alocada. El Bloc, anteriormente UPV (Unió del Poble Valencià) ha ido perdiendo apoyos electorales y militancia a medida que el citado “Poble Valencià” ha ido decidiendo libremente su futuro y se ha ido dando cuenta de que lejos de ser un pueblo oprimido es un pueblo libre. Esa es la tragedia del nacionalismo en general – y del valenciano en particular –, que el pueblo, la nación, la patria, esté libre de cadenas y sea capaz de autogobernarse y decidir un futuro diferente al que pensaban que decidiría. Incapaces de aceptar que el pueblo valenciano haya decidido libremente que no quiere saber nada de independencias ni patriotismos, y que pretenden convivir en paz y libertad con el resto de pueblos de España y del mundo, el nacionalismo valenciano sigue erre que erre, anclado en un victimismo tan inconsistente como pertinaz, planteando una realidad surrealista y fantasmagórica que surge de la mente enfermiza y obsesiva de cuatro “salvapatrias” que se han venido arriba.

De nada sirven elecciones, encuestas y sondeos de opinión que demuestran que la ciudadanía valenciana no quiere ir más allá del estado de las autonomías, porque a la verdad revelada no se le oponen sino mentiras y tergiversaciones interesadas. A los paladines de la patria, inasequibles al desaliento, impasible el ademán, nada les perturba ni les separa del objetivo final y, derrota tras derrota, van viento en popa hacia la victoria final. Lo que quieren los nacionalistas, desengáñense, no es que la ciudadanía valenciana decidamos libremente lo que queremos ser sino que decidamos libremente lo que ellos quieren ser, y nada hará que cambien de opinión, porque están en posesión de la verdad absoluta. Y si el pueblo valenciano ha decidido que no quiere ser independiente ni formar una patria es que ha sido engañado o está salvajemente enajenado, presa de algún maléfico influjo. Por eso, para sacarnos de nuestro sueño opiáceo, el Bloc no duda en buscar ayuda en los otros nacionalismos - salvo el español, obviamente - o lo que sea menester en tal de salvarnos. Y en cuanto pueden realizan cónclaves, o akelarres según se mire, para ponerse de acuerdo a ver cómo nos libran de las garras de España, ese horrible país de “maketos” que bailan “agarraos”. Lo que pensemos, decidamos o queramos carece de importancia intrínseca, porque en realidad no será expresión sincera de nuestros deseos sino la voz opresora de nuestros amos inclementes, que nos obligan a aceptar resignadamente las cadenas con que nos dominan y expolian. Para estos “salvapatrias” – o “singermornings” – el pueblo valenciano carece de voluntad propia y es una marioneta en manos de los pérfidos “españoles”, que son un pueblo sucio y ruín – Arana dixit –, por eso pontifican la verdad y la difunden, que es su obligación, para general conocimiento del pueblo ignorante y con el loable fin de rescatarnos de las tinieblas en que nos ha sumido el estado español opresor. Claro que el pueblo ignorante es depositario de la soberanía nacional y así se lo hacemos saber en cada comicio electoral, lo que pasa es que no se dan por enterados.