YA ENTIENDO AL PP
Tengo un compañero de trabajo – entiéndase que los términos “compañero” y “trabajo” son muy discutibles, pero no ocuparé más tiempo del estrictamente necesario en discusiones bizantinas, por ahora –, que manifiesta los mismos síntomas, correspondientes sin duda al “padecimiento de la misma enfermedad”: la verdad absoluta. Sabemos que el concepto “verdad absoluta” es una entelequia cuya endeblez racional no resiste el mínimo análisis y sucumbe estrepitosamente al menor envite argumental refutatorio. Algunas personas, en cambio, aún sabiendo que tal constructo teórico es relativo hasta la médula lo sostienen, enarbolándolo contra viento y marea, exhibiéndolo como pendón estandarte de su discurso que abre a la humanidad la puerta a una época de sabiduría, conocimiento y profunda autosatisfacción; y hasta el paraíso, si me aprietan. Pero hay quienes desconocen la relatividad inherente a la verdad y actuando en consecuencia, dentro de los límites de ese desconocimiento palmario, elevan a condición de absoluto lo que en su opinión es cierto e indiscutible, o sea, lo que piensan que es la verdad. No han caído, ni piensan hacerlo, en el hecho de que esa verdad que han convertido en absoluta es sólo una opinión, sostenida en argumentos sin duda racionales – los campos de exterminio nazis también se sustentaban en la racionalidad – pero en suma discutibles, como cualquier otra arquitectura argumental, y por lo tanto en ningún caso susceptible de irrefutabilidad.
Sabemos, hoy en día, que en el mundo occidental sólo el Papa es infalible y su autoridad indiscutible, aunque no falten quienes se arroguen tales prerrogativas en función de cierto grado de endiosamiento megalomaníaco, que no es más que un trastorno psicológico, y se saquen fotos en islas portuguesas para retratarse como adláter del poderoso, aunque ese poderoso esté profundamente desequilibrado. Y también sabemos, el Papa incluido, que esa condición lo aísla de las personas y lo recluye en una burbuja de soledad tenebrosa que es el camino más firme hacia la locura. El Papa, encastillado en Roma, está más solo que la una y aunque se sabe en posesión de la verdad absoluta, como no podía ser de otra manera, no hay nadie dispuesto a escuchársela decir porque nadie se la cree, porque nadie en su sano juicio cree en lo absoluto de la verdad. En el PP, sin embargo, el fenómeno se manifiesta en toda su crudeza y su cúpula directiva no sólo se sabe en posesión de la verdad absoluta sino que cree ser esa verdad absoluta encarnada y como los profetas del totalitarismo que arrasaron el mundo el siglo pasado difunden su megalomanía sin atender a voz discordante alguna, sin duda equivocada puesto que sostiene argumento en contra de absoluto, contra toda evidencia y frente a cualquier demostración empírica. Eso es lo que yo creo, y salvo prueba en contrario, entiendo que es cierto.



