COBRAR SEGÚN PRODUCTIVIDAD
Apedrearse el propio tejado, además de ser una temeridad es una estupidez, sobretodo porque predice el derrumbamiento de la techumbre que cobija y nos proporciona satisfacción a la necesidad de protección, con todos los inconvenientes que obviamente lleva aparejado este hecho. Apedreárselo con saña ya es propio de imbéciles, como puede comprender cualquiera. Y hablando de estas cosas leo en El País que el actual ministro de economía y hacienda, el señor Pedro Solbes, ‘defiende’ que los salarios reales crezcan – o decrezcan – en función de la productividad. Dicho así, y con todos los respetos, el sr. Solbes – y compañía – se iba a quedar sin emolumentos, debiendo hacer extensiva esta condición al resto del hemiciclo del Congreso de los Diputados para, a continuación, inmediatamente, echar a la calle a todos los senadores, por intrascendentes.
Asegura el señor ministro que la ‘moderación salarial’, fruto del consenso entre sindicatos y patronal, está detrás del ‘milagro económico’ de los últimos años. Claro que eso del ‘milagro’ debe referirse a su situación económica, puesto que está cobrando una millonada por no dar palo al agua y, además, permitiéndose el lujo de exigir ‘productividad’ a los demás para cobrar sueldos ‘de miseria’.Es lo que tiene la democracia representativa, haber elegido muerte, que los representantes fijan sus retribuciones en función de la percepción personal, y colectiva – sobretodo colectiva – que tienen no de su trabajo sino de la importancia del mismo, eligiendo como parámetro determinante no la productividad real sino la imaginaria. La imaginación al poder, que decía aquel en 1968, y le hicieron caso, que ahora el poder es imaginario sobretodo para la ciudadanía, que según la Constitución de 1978 es depositaria de la ‘soberanía nacional’, o sea, del mando del cotarro, que en realidad está en propiedad privativa de un conjunto de personajes, o bultos sospechosos – según se mire –, que autodeciden no sólo si se suben el sueldo y en qué cuantía lo hacen sino también, y lo que es más sorprendente, si su trabajo es productivo o no y en qué medida. Imagínense que mañana el jefe (o la jefa) les dice que se autoevalúen su productividad y que en función de esta autoevaluación decidan ustedes si se suben el sueldo y en qué cantidad lo hacen; sin duda, por la tarde, todos multimillonarios ¿no? Pues eso es lo que hacen estos, ni más ni menos ¿asombrados? Pues, pásmense, además lo hacen respaldados por la confianza que hemos depositado en ellos la ciudadanía a través de las elecciones periódicas.
¡Apaga y vámonos! Que dice un amigo mío. Claro que también asegura que ‘los derechos constitucionales se defienden a bombazos’, pero él no menea un dedo, ni ha salido corriendo a comprar bombas para tal. Y eso es lo que nos pasa, que se nos va la fuerza por la boca, como la gaseosa, que es bebida experimental – ya saben el dicho popular relativo a la metodología empírica – y en definitiva, estos ‘representantes’ ciudadanos van a sus anchas, apesebrándose en una espiral eterna de vicio y corrupción. El sueño de todo mortal que se precie, pero hecho realidad y sufragado a costa de nuestro bolsillo, y encima agradecidos. Como también dice aquel, ‘además de meretriz, pongo el lecho’. Pues eso, que a ver si despertamos, leñe.
Asegura el señor ministro que la ‘moderación salarial’, fruto del consenso entre sindicatos y patronal, está detrás del ‘milagro económico’ de los últimos años. Claro que eso del ‘milagro’ debe referirse a su situación económica, puesto que está cobrando una millonada por no dar palo al agua y, además, permitiéndose el lujo de exigir ‘productividad’ a los demás para cobrar sueldos ‘de miseria’.Es lo que tiene la democracia representativa, haber elegido muerte, que los representantes fijan sus retribuciones en función de la percepción personal, y colectiva – sobretodo colectiva – que tienen no de su trabajo sino de la importancia del mismo, eligiendo como parámetro determinante no la productividad real sino la imaginaria. La imaginación al poder, que decía aquel en 1968, y le hicieron caso, que ahora el poder es imaginario sobretodo para la ciudadanía, que según la Constitución de 1978 es depositaria de la ‘soberanía nacional’, o sea, del mando del cotarro, que en realidad está en propiedad privativa de un conjunto de personajes, o bultos sospechosos – según se mire –, que autodeciden no sólo si se suben el sueldo y en qué cuantía lo hacen sino también, y lo que es más sorprendente, si su trabajo es productivo o no y en qué medida. Imagínense que mañana el jefe (o la jefa) les dice que se autoevalúen su productividad y que en función de esta autoevaluación decidan ustedes si se suben el sueldo y en qué cantidad lo hacen; sin duda, por la tarde, todos multimillonarios ¿no? Pues eso es lo que hacen estos, ni más ni menos ¿asombrados? Pues, pásmense, además lo hacen respaldados por la confianza que hemos depositado en ellos la ciudadanía a través de las elecciones periódicas.
¡Apaga y vámonos! Que dice un amigo mío. Claro que también asegura que ‘los derechos constitucionales se defienden a bombazos’, pero él no menea un dedo, ni ha salido corriendo a comprar bombas para tal. Y eso es lo que nos pasa, que se nos va la fuerza por la boca, como la gaseosa, que es bebida experimental – ya saben el dicho popular relativo a la metodología empírica – y en definitiva, estos ‘representantes’ ciudadanos van a sus anchas, apesebrándose en una espiral eterna de vicio y corrupción. El sueño de todo mortal que se precie, pero hecho realidad y sufragado a costa de nuestro bolsillo, y encima agradecidos. Como también dice aquel, ‘además de meretriz, pongo el lecho’. Pues eso, que a ver si despertamos, leñe.






