¿REPÚBLICA O TECNOCRACIA?
La realidad que nos toca vivir en este momento en España, que es un país europeo, es radicalmente diferente a ese ideal republicano que exponía en el párrafo precedente. Vivimos en una monarquía parlamentaria con ínfulas democráticas en la que la política es una profesión reservada para una élite ciudadana de la que se desvincula la mayor parte de la ciudadanía, o más bien de la que la mayor parte de la ciudadanía reniega porque la considera más propia de ladrones, prevaricadores, delincuentes y gentuza varia que merece escasa confianza - parte de la razón por la que existe una abstención electoral tan elevada -. Los grandes partidos políticos españoles, como el PP y el PSOE, sólo tienen la intención de gestionar el sistema existente, sin plantearse superarlo, trascendero o siquiera efectuar transformaciones estructurales en la búsqueda de un sistema mejor, más justo, iqualitario - equitativo si quieren - y beneficioso para toda la ciudadanía. Y para gestionar el modelo existente no nos hacen falta ideólogos, ni políticos, sino gestores profesionales, técnicos especialistas. Cuando se nos avería el ordenador no llamamos a un filósofo existencialista sino a un técnico informático, pues para gestionar eficientemente un sistema tampoco necesitamos políticos, ni ideólogos, sino técnicos especializados en cada campo.
Una cosa es lo que deseamos, la República, y otra lo que tenemos, la Monarquía Parlamentaria. Hemos de vivir con esa disonancia interna que, en todo caso, no puede desanimarnos sino alentar nuestra voluntad - impasible el ademán, que diría aquel - de configurar un modelo político, social y económico republicano. Para eso es necesario convencer a la ciudadanía de lo importante que resulta para su bienestar, para su vida cotidiana, la política y que sólo a través de la participación pública en la toma de decisiones políticas va la ciudadanía a recuperar espacios de influencia que ha ido perdiendo paulatinamente, cediendo tal vez por desidia, en favor de unos representantes que lejos de representar sustituyen. Es cierto que los políticos han contribuido al progresivo descrédito de la política, con su falta de ética, escrúpulos y profesionalización de una actividad que debería ser de servicio a la ciudadanía y no un medio de vida; pero no es menos cierto que al capitalismo le viene bien el descrédito de la política por dos razones fundamentales, primero porque la política regula la actividad económica y segundo porque sólo el modelo político se interpone entre la ciudadanía y el mercado.



