jueves, octubre 11, 2007

EL FUTURO DEL PCE.


Sabemos, principalmente porque la sufrimos, de la desaforada potencia de la ofensiva neoliberal, que desacredita sistemáticamente al movimiento obrero, aludiendo 'obsolescencia', 'caducidad' o 'vetustez' a sus principios ideológicos. Conocemos el calado, en ocasiones sorprendentemente profundo, que estos planteamientos han alcanzado incluso entre la propia clase obrera, si es que en este momento es realista aludir a esa supuesta 'conciencia de clase' - en terminología marxista - de los sectores sociales de carácter obrero; al respecto, y lo dije ya hace mucho tiempo (y en ese instante provocó cierta sornisa sardónica en cierto catedrático que no mencionaré aquí por múltiples razones), uno de los mayores triunfos del capitalismo de raigambre liberal - o neoliberal - ha sido el convertir a la clase burguesa, o mejor dicho a sus valores, en referente para toda la ciudadanía, de tal manera que hoy cualquiera se enorgullece de definirse 'clase media' y se pilla un rebote de 'a kilo' cuando alguien se atreve a cuestionar tal adscripción sociológica. Y somos conscientes de la apropiación de conceptos tales como 'patria', 'dios' y 'símbolos nacionales' por parte de una derecha que, se quiera o no admitirlo, es heredera del franquismo de etiología nacional-católica.


Dijeron Marx y Engels que 'los obreros no tienen patria' (Manifiesto Comunista, 1848), aunque admitían, tal vez a regañadientes, la necesaria organización administrativa en países (Estados-Nación) de la clase obrera. No sé si esto es un error o no, principalmente porque no me siento cualificado para rebatir a estos dos autores universales sus conclusiones políticas, pero en todo caso tal asunto ha propiciado el fenómeno aludido de apropiación por parte de la derecha española del concepto 'patria' y en consecuencia, también de los símbolos nacionales. También afirmaba Marx que 'la religión es como el opio para el pueblo' lo que, como en el caso anterior, ha permitido a la derecha política, con la aquiescencia y franca colaboración de la Santa Madre Iglesia Católica - siempre apegada al poderoso que le proporciona prebendas, o sea ingresos, tanto en capital económico como humano -, la apropiación de 'Dios'. Claro que de todo esto no parece haberse hecho eco 'el pueblo', esa entidad abstracta - constructo sociológico - que usan y utilizan los políticos profesionales, sobretodo desde la Ilustración, para justificar sus emolumentos, profesiones y enriquecimiento personal, pero al que en realidad no respetan.


El comunismo europeo, que ha tenido que adaptarse a la coyuntura socio-político-económica de una Europa capitalista y liberal que a través del denominado modelo del Estado del Bienestar parecía haber iniciado el camino, seguramente largo y tortuoso, hacia el socialismo liberador, ha visto como ni siquiera este tímido acercamiento a los postulados ideológicos del movimiento obrero se consolidaba, bien al contrario, al poco inició su 'decadencia' hasta el punto que hoy en día incluso los partidos políticos que se denominan (sic.) socialdemócratas han renunciado a él. El futuro del comunismo pasa por escapar a los tópicos del socialismo del siglo XIX y poner los pies en la tierra en el siglo XXI. No es razonable que la izquierda política renuncie a sus bases, a la clase obrera, renunciando a las ideas de 'patria', 'Dios' y 'bandera', dejándoselas a la derecha, que las utiliza para tergiversar una realidad multifactorial y compleja definida por su diversidad, confundiendo a la ciudadanía con maniqueismos reduccionistas. Sin duda el futuro del PCE pasa por recuperar los lazos de conexión con la clase obrera, escuchar los problemas y aspiraciones de la ciudadanía de izquierdas y vehiculizar sus aspiraciones políticas, dejándose de planteamientos propios de otras sociedades en otras épocas que, si bien históricamente no están tan lejanas en el tiempo sí lo están en lo sociológico.