martes, mayo 12, 2009

GANAR O PERDER EL DEBATE

En el debate sobre el estado de la nación (sic.) más que dos púgiles enfrentados a guantazos, que diría Llamazares, lo que se ha contrapuesto han sido dos propuestas ideológicas, aunque podría sostenerse la idea de que en realidad sólo ha habido una ideología en el debate porque lo otro, lo del PP, no sé si considerarlo así. Zapatero, que representa a la socialdemocracia hispánica, le pese a quien le pese, ha desplegado un plan político, económico y social para superar la crisis; Rajoy, la derecha españolista, ha respondido con la descalificación, el insulto y la falta de respeto, es lo que tiene estar en posesión de la verdad absoluta, que no hay quien les “chifle”. Es verdad que ha habido poca asunción de autocrítica, pero no es menos cierto que la poca que ha habido es la única que la ciudadanía española ha oído jamás de su Gobierno. También es verdad que quienes nos situamos en un punto del continuo ideológico muy cercano al extremo de la izquierda hemos echado en falta que las medidas propuestas fueran más allá y abordaran la, a mi juicio, necesaria reformulación del modelo productivo, pero no es menos cierto que los cambios de tal calado se han de llevar a cabo de manera progresiva, hay que empezar por el principio y no construir la casa primero por el tejado.

No podían faltar a la cita política los nacionalismos, el español y los otros, por ese orden, pero francamente me parece que sus delirantes tesis sobre opresiones y discriminaciones furibundas, que sólo existen en su enfermizo enfoque de la realidad, constituyen el típico acervo de propuestas populistas y demagógicas insostenibles en una apuesta de gobierno seria. Tal vez tenga razón IU, y yo esté equivocado, por lo que se refiere a la reforma de la ley electoral que lleva reclamando esta formación política, sobre todo desde que va cayendo en barrena rumbo a la extraparlamentariedad por falta de respaldo de la ciudadanía a sus posiciones políticas; en todo caso, lo que no me parece razonable es que con cuatro votos que sacan del terruño se nos planten en el Parlamento y condicionen, si no determinen, la política de todo un país. Y también está el caso del nacionalismo español, el de las banderotas y el patriotismo constitucional – la Constitución reza que sólo hay una nación, la española, no lo olviden – que tiende al uniformismo y la robotización de una sociedad que encuentra en su diversidad la riqueza de la pluralidad que le hace avanzar. A esta gente tampoco habría que darles cancha en el Parlamento, pero aquí la reforma de la ley electoral no sé si será suficiente.

Mi valoración del debate, desde mi militancia socialista – esto ha de quedar claro –, es positiva pero mejorable. La intervención del Presidente del Gobierno ha sido en gran medida lo único razonable de un debate que ha discurrido más por la bronca personal, que es la estrategia del PP – Rajoy ha llegado a espetar a la bancada socialista que “ustedes no saben leer” –, que por una confrontación de propuestas políticas para superar la crisis. De hecho las únicas medidas que se han puesto en el debate han sido las que ha propuesto el Gobierno, porque la oposición ha centrado sus esfuerzos en desacreditar la acción del Ejecutivo. Pero entre tanto azúcar debo echar un poco de amargor en forma de pequeño pero intenso reproche al Ejecutivo respecto a la escasa concreción de las propuestas relativas a la articulación de una respuesta del estado al problema del paro; a la cuestión de las centrales nucleares, que el PSOE se comprometió a ir echándoles el cierre; a la ley de la dependencia, que no termina de arrancar, es cierto que más como consecuencia de la resistencia autonómica que por la inacción gubernativa; y sobre todo una política fiscal que debería ir basculando de lo indirecto a lo directo, de gravar el consumo a gravar la renta, para que yo sea feliz.

2 comentarios:

Nicolás dijo...

Como digo hoy en mi post, hay que felicitar a Mariano por intervenciones como la de ayer. Te aclaran la mente.

Esquirla de Aire dijo...

La mente ¿de quién? Porque mucho me temo que al común de los mortales no, si hacemos caso a las encuestas