LA BANALIZACIÓN DE LA CORRUPCIÓN POLÍTICA
Decir que corremos el riesgo de banalizar la corrupción política es tal obviedad que por evidente resulta redundante, pero aún con todo y con eso hay quien se empeña hacer caso omiso a las clarísimas señales que lo anuncian. Y lo peor de todo es que banalizar la corrupción política y a continuación institucionalizarla es parte del proceso que conduce a dos corolarios, a cuál de ellos más preocupante: uno, que se cuestione el sistema democrático; y dos, que la ciudadanía huya, como de la peste, de la política. Lo decía ayer, en una tertulia de la Cadena Ser, un ciudadano evidentemente enfadado con el nada edificante ejemplo que habían dado en ella los dos representantes de los partidos mayoritarios, PSOE y PP, que se habían enzarzado en una de sus características batallas de “y tú más” a cuenta de la corrupción política. Este oyente concluía diciendo que “luego se quejan de que no vamos a votar” y se preguntaba – retóricamente, claro – “¿Cómo vamos a ir a votar, con estos representantes políticos?” para concluir con el conocido argumento de “A la gente le da igual todo eso. A mí lo que me interesa es mi trabajo y mi hipoteca”.
Es verdad que la crisis económica, el calentamiento global y el terrorismo – el etarra y el de al-qaeda – son asuntos de mayor enjundia que la cuestión de la corrupción política, al menos en el corto plazo, pero no es menos cierto que mientras aquellos son fenómenos coyunturales ésta es estructural y, en consecuencia, mucho más relevante en el medio y largo plazo. En realidad, voy a ser desagradable en extremo, al sistema no le afecta ni las crisis cíclicas del capitalismo, ni el incremento global de las temperaturas, ni las trapisondas de los descerebrados del pasamontañas o del turbante, porque no atentan contra su ontología; en cambio, la corrupción política, en tanto socava los fundamentos del mismo porque cuestiona el axioma de la soberanía nacional, sí supone un grave quebranto para el modelo democrático. Por eso, y sin querer combatir la banalización de la corrupción política con la del resto de problemas señalados, lo cierto es que aquella supone un mayor riesgo de fractura social que los otros, de lo que podría deducirse – y digo “podría” – que resulta preferible priorizarla.
Por eso tenía razón ayer el representante del PSOE en la tertulia de la Cadena Ser, cuando reclamaba su derecho, como político y como ciudadano, a denunciar la corrupción política, como dijo él “provenga del partido político que provenga”. Esto lo sostenía ante las repetidas llamadas, del resto de participantes en la tertulia, a una cierta “omertá”, alegando que dicha cuestión debía solventarse en los juzgados y no ante la opinión pública, reclamando que “los trapos sucios de los partidos” se lavaran, como aquel que dice, en la privacidad de los despachos y sin ver la luz ni los taquígrafos, que son instrumentos que carga el diablo, como todo el mundo sabe. Entre ellos, el representante del PP, que obviamente le tocará siempre “bailar con la más fea” por la que está cayendo, era quien se esforzaba con más ahínco en echarle tierra al asunto, pero no estaba sólo en el empeño, porque tanto quien representaba al PNV como quien lo hacía por CC – me parece – bogaban en la misma dirección, argumentando que había cosas más importantes que debatir. El retrato refleja una escena que, perdónenme el pesimismo, resulta cuando menos inquietante ¿no?
Es verdad que la crisis económica, el calentamiento global y el terrorismo – el etarra y el de al-qaeda – son asuntos de mayor enjundia que la cuestión de la corrupción política, al menos en el corto plazo, pero no es menos cierto que mientras aquellos son fenómenos coyunturales ésta es estructural y, en consecuencia, mucho más relevante en el medio y largo plazo. En realidad, voy a ser desagradable en extremo, al sistema no le afecta ni las crisis cíclicas del capitalismo, ni el incremento global de las temperaturas, ni las trapisondas de los descerebrados del pasamontañas o del turbante, porque no atentan contra su ontología; en cambio, la corrupción política, en tanto socava los fundamentos del mismo porque cuestiona el axioma de la soberanía nacional, sí supone un grave quebranto para el modelo democrático. Por eso, y sin querer combatir la banalización de la corrupción política con la del resto de problemas señalados, lo cierto es que aquella supone un mayor riesgo de fractura social que los otros, de lo que podría deducirse – y digo “podría” – que resulta preferible priorizarla.
Por eso tenía razón ayer el representante del PSOE en la tertulia de la Cadena Ser, cuando reclamaba su derecho, como político y como ciudadano, a denunciar la corrupción política, como dijo él “provenga del partido político que provenga”. Esto lo sostenía ante las repetidas llamadas, del resto de participantes en la tertulia, a una cierta “omertá”, alegando que dicha cuestión debía solventarse en los juzgados y no ante la opinión pública, reclamando que “los trapos sucios de los partidos” se lavaran, como aquel que dice, en la privacidad de los despachos y sin ver la luz ni los taquígrafos, que son instrumentos que carga el diablo, como todo el mundo sabe. Entre ellos, el representante del PP, que obviamente le tocará siempre “bailar con la más fea” por la que está cayendo, era quien se esforzaba con más ahínco en echarle tierra al asunto, pero no estaba sólo en el empeño, porque tanto quien representaba al PNV como quien lo hacía por CC – me parece – bogaban en la misma dirección, argumentando que había cosas más importantes que debatir. El retrato refleja una escena que, perdónenme el pesimismo, resulta cuando menos inquietante ¿no?







5 comentarios:
Siempre me he quedado con muy mala leche cuando se le ha preguntado por cualquier tema a un político y la respuesta ha sido que "hoy no toca". ¿Cómo que no toca? Toca lo que el periodista quiera preguntar, toca lo que la sociedad tiene derecho a saber aunque a algunos no les guste. Seguimos igual, no hemos aprendido nada. Muy amigo de estas respuestas era Jordi Pujol y aún lo es Fraga y Rajoy. Al final el ciudadano da por buena la respuesta y nos quedamos con el argumentario de cada día pero sin explicaciónes de lo que realmente importa. Los periodistas deberían dejar solos a estos personajes cada vez que se plantan ante ellos con estas actitudes. A ver si aprenden.
Pues sí, totalmente de acuerdo. Pero da la impresión de que hay una tendencia de fondo, sobre todo entre la clase política, pero también entre la ciudadanía, a considerar poco relevante la corrupción política, quizás por considerarla endémica al sistema. En todo caso, coincido con el representante del PSOE en que esta tendencia de fondo no es buena y que lo realmente democrático es denunciar los casos de corrupción y darles la importancia que tienen, que no es poca por cierto.
En este país hay una falta de crítica terrible hacia la clase política.
Cualquier tropelia de uno de los nuestros será respondida con un "los otros son peores".
Parte de responsabilidad de esto lo tiene la prensa, que no ha sabido crear una cultura política de respeto a la ley y castigo ejemplar de la corrupción. En España, con la excepción parcial de EL PAÍS, la prensa sirve a los intereses de partido.
De todos modos creo que hay políticos y determinadas personalidades que intentan extender aquello de que todos son iguales.
Si la sociedad asume esta idea, no habría porque castigar electoralmente a nadie,porque el otro sería igual. Esta idea sería patente de corso para que los corruptos hiciesen lo que quisiesen.
¿Esa es la percepción social entre la población? Lamentablemente, creo que sí.
muy parcial el pais si que es
Lo peor de esa estrategia que señala Pedro y que se conoce como "y tú más" es que no sólo no exculpa, ni busca una justificación, ni diluye la responsabilidad, sino que además extiende la culpabilidad y convierte un hecho individual en un endemismo crónico. Y claro, a la ciudadanía no le queda más remedio que suponer, en efecto, que "todos son iguales" y que lo único que pretenden, transversalmente a las ideologías políticas, es lo que pretende Zaplana, esto es, forrarse de la política a costa de la ciudadanía.
Pero esto no puede suponer adoptar la estrategia del avestruz ante la corrupción política y aducir que la información pública deslegitima la política, y por ende la democracia, sino todo lo contrario. Debemos denunciar y airear cualquier caso de corrupción política, dándole la relevancia que sin duda tiene, teniendo en mente su erradicación definitiva. Cualquier otra cosa resultará todavía peor, y entre todas las cosas peores está el hacer oídos sordos, mirar para otro lado o darle a la corrupción política carta de naturaleza.
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